Oh, Pierrot. Han pasado tantos años que ya no tengo ni la certeza de si alcancé a decirte o no. Nadie tampoco. Hoy que tengo algo de tiempo disponible y de reservas emocionales lo suficientemente sólidas y valientes, he decidido aplicar algunos filtros a mi discurso en un intento por transmitir tu sabor de ciudad. Espero que el hilo de esta carta le sea fiel al hilo de la historia que tuvimos y a su capacidad de fluir en los espacios muy a pesar de todo lo que nos hizo falta, incluido aquello que no conocíamos aún. Será seguro la nostalgia quien conduzca esta aeronave de memorias, seguro; pero no la nostalgia de ti, Pierrot, sino de tu sabor tan propio que no es más que la esencia misma de esa ciudad que hoy extraño.

Si, muy de repente, anhelara volver en el tiempo, guardaría en un cofre tus secretos y me diría a mí misma que esa, la tuya, es la forma más noble de vivir. Que no hace falta ser el héroe de otros. Si no se puede ser el de uno mismo uno muere en lo profundo. ¿Eres tú tu propio héroe, Pierrot? ¿Vives acaso con un agudo e íntimo orgullo de quien eres? Porque así te podía sentir cuando tomabas el centro de una plaza con la certeza de que la gente se reuniría para verte con tu traje de rayas y tus botones en el pantalón y en la nariz. Con tus ojos verdes y tu sonrisa torcida, totalmente feliz de ser Pierrot. Te diría que la vida cambia tanto y aunque ya no sé de ti, pienso que no podrías negar que te has montado en al menos diez motañas rusas desde entonces, desde aquel día en que todo empezó en esa ciudad, con su música y su olor puro a canela y naranjilla.

Cómo supiste ser ciudad desde el primer momento, cómo supiste reflejar en tus gestos y tus caprichos que las siete de la noche en el redondel final de esa larga calle te pertenecían a tí como te pertenecían las mañanas de domingo en la plaza grande.  Caminar contigo, de tu mano o no, me engrandecía de una forma muy superficial. No lo tomes a mal, Pierrot, digo superficial desde la perspectiva de la gente. Y es que nadie nos conocía tan bien como nos concíamos el uno al otro y los detalles de nuestros momentos juntos, que no eran tan fáciles como se podría deducir al ver nuestras frentes muy en alto mientras  avanzabamos cargando el gran peso de todo el material construido para actuar cuando las luces nos iluminaban altivos en escenarios sin tramoya.

Un día, te fuiste Pierrot. Se desvaneció tu sonrisa en medio de una calle más ancha que de costumbre y, aunque la había visto desvancerse antes cuando te molestabas conmigo y entrecerrabas los ojos para explicarme por qué mis teorías no me dejaban ser tan libre como tú, esta vez fue diferente. Nos perdimos quizá por  dejar que todo se volviera real ¡Imaginate Pierrot, estábamos en la puerta de un banco! ¿Qué podía volvernos más comunes y mortales? Esa puerta era la misma que cruzaba la gente que no queríamos ser, Pierrot. Nos pasó por eso, supongo, por alejarnos sin conciencia de las subidas de adoquines y los cafés con tortillas de verde del local de mesas antiguas, entradas de madera y letreros pequeños. ¿Te acuerdas del vecino, Pierrot? Era el dueño del local, le encantaba hablar con nosotros porque le hacíamos sentir todo un artista. Nos hablaba de su padre, un compositor del pueblo que le heredó el negocio, el amor por la música y la seguridad, desconocido pero nunca frustrado, feliz. Y esa debía ser la lección de nuestras vidas. Oh, Pierrot, frustrase jamás.

Quizá, en realidad, todo estaba en mí. ¿Era yo, Pierrot? Porque…recuerdo que te conocí mucho antes, en un teatro y entonces, no sabías a ciudad. No por ti, Pierrot, tú nunca tuviste la culpa de nada. Por mí, porque yo no supe reconocerte, porque era muy joven entonces para saber a qué sabía la ciudad o si las ciudades sabían a algo que las pudiera diferenciar entre sí. También te recuerdo después, cuando la urbe sabía a ti al ocultarse el sol y yo regresaba al local y me tomaba un café sola, antes de enrumbarme en dirección a los sitios que no llegaste a comprender conmigo. Y no te necesité más, Pierrot, pero seguí recurriendo a tu sabor para agarrarme con la punta del pie de un pasado que, finalmente, sí fue el más libre y noble que viví. Me robaría tus secretos Pierrot, para escoger otro camino para mí (porque no es mi intención robarte las memorias y los logros que tendrás acumulados desde entonces), para seguir siendo capaz de salir a la ciudad y encontrar que es ella la que sabe saber, o saber yo sola, o saber a Nadie, o ser leal a ti.

De cualquier forma, gracias, Pierrot.